lunes, 19 de abril de 2010

Road movie.



Roger Corman cuenta la siguiente anécdota: "Stallone fue un actor excelente desde sus comienzos, aunque mucha gente no haya sabido o no haya querido verlo así. Me tropecé con él poco antes de que se estrenara Rambo. Yo sabía que había trabajado con amigos míos. ‘¿Cómo fue todo?’, le pregunté. ‘Bien, pero al ver la copia de trabajo me percaté de que la película era muy aburrida’. Era una película repetitiva y soporífera. Me contó que fue en busca del montajista, el cual había trabajado en algunas de mis producciones, y le dijo: ‘Descarta todo lo que no sea acción, trata al film como lo haces con los de Corman’”. El resto es historia, 100 millones de recaudación, la transformación de Stallone en un ícono y la creación de un personaje inolvidable.


(Del ciclo "Generación VHS", Malba)


No era importante otra cosa, porque, y lo había dicho alguna vez en relación a la poesía, y ahora lo vuelvo a copiar (por extensión); ni la ideología, ni el método, ni lo melodramático, ni la estructura, ni el tema, ni el motivo, ni la economía, ni la acción, ni el efecto, ni el estatus eran/son importantes, lo importante es el timing, el absolut milieu, eso es lo único importante. Por eso es todo lo que pretendo del arte.

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lunes, 15 de marzo de 2010

In the flesh.



Y contrario a Platón, Proust le permitió el mundo de las ideas al arte:



“Peter Quince al clavicordio”

IV

La belleza es momentánea en la mente--
El trazo ligero de un portal;
Pero en la carne, es inmortal.

El cuerpo muere; la belleza del cuerpo vive.
Así mueren las tardes, en su verde curso,
Onda en perpetuo flujo.
Así mueren los jardines, su dócil aliento perfumando
El capuz del invierno, contrito.
Así mueren las doncellas, en el auroral
Festejo de un coral de doncella.

La música de Susana tocaba las lujuriosas fibras
De aquellos blancos ancianos; pero al huir,
Dejó sólo el irónico rasguño de la Muerte.
Ahora, en su inmortalidad, toca
La clara viola de su memoria,
Y hace de la alabanza un constante sacramento



Wallace Stevens.

jueves, 11 de febrero de 2010

Guión


(...)
There is no mountain, there is no god, there is memory
of my torn life, myself split open in sleep, the rescued
child
beside me among the doctors, and a word
of rescue from the great eyes.

No more masks! No more mythologies!

Now, for the first time, the god lifts his hand,
the fragments join in me with their own music.


The poem as a mask, Orpheus. By Muriel Rukeyser

Oscuridad total, se oye un ruido de algo que cae estrepitosamente, un crujido, y el abrir de una persiana americana que deja entrar luz de día a una pequeña habitación, que da a contrafrente en el piso 4 .
El personaje que abre la ventana, levanta del piso un pequeño despertador de metal, mientras murmura, todavía dormido, alguna blasfemia.

No entiendo por qué todavía me cuesta tanto adaptarme al amanecer, siempre que lo pienso me acuerdo de los domingos en casa cuando temprano mamá venía al grito: “Vamos, arriba, arriba, que esta casa no se limpia sola”; que desagradable el ruido que causaba al abrir la puerta cancel, y lo peor era la luz blanca que entraba de golpe y me miraba. Yo tratando en vano de taparme con las sabanas y deseando, molesto, estar en otro lugar, en otro tiempo.
Con desgano, pero con una cierta convicción interior, se cambia rápido, tiritando por el frió, alcanza vagamente en tiempo para hacerse una taza de café, agarra unos libros y parte hacia la facultad. Toma un colectivo y oportunamente consigue un asiento. En el camino mira por la ventana

Podría llamarla, ¿la extraño? (no es una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo). Debería ver menos televisión, pero no sé, no creo todavía ser lo suficientemente feliz como para dejarla.

Repentinamente el colectivo frena, y se da cuenta de que su parada está próxima, se acomoda y dos cuadras más adelante baja.
Al subir por las escaleras de la facultad sigue pensando

Bien: me tengo que comprar Las Palabras y Las Cosas y esa opera del payaso de Leoncavallo que aparece en Los Intocables, algo de ropa y guardar algo para las putas; espero que el 5 me paguen...

-Soledad, espacios vacíos, como quisiera dejarlo todo en algún lugar más, algún lugar más.-


Entra a un aula y en el medio de la clase reflexiona acerca de la vacuidad del pluralismo opositor del que habla Aliverti, piensa en Foucault, Nitzsche, y en Silvio Rodríguez: “Yo no sé lo que es el destino/ caminando fui lo que fui/ allá dios que será divino/ yo me muero como viví” se acuerda de Cantares de Serrat. Tiene ganas de llorar, pero no por la canción.
Sale, va al baño, se lava la cara, suspira y piensa en mármol, en lo eterno, en Borges, en caminar por la ciudad como hacía Borges, en llorar como Borges; con pocas pero precisas lágrimas

Tantas cosas más graves que esto, pero no puedo dejar de sentir, como si fuera un defecto.

Sigue teorizando como si sus pensamientos fueran máximas universales no manifiestas, como si escribiera un libro silente. Una forma que en vano intenta canalizar el dolor de manera que no se pierda sino que se transforme, en ideas más y más dolorosas aún, pero que en cierta medida le dan una gratificación en beneficio de su comprensión, como si el conocimiento fuera un premio tácito

Me encantaría, algún día, dejar esta melancolía tan hermosa, esta resignación tan intensa y dedicarme a crear mi historia... (Escribe)

Mientras regresa caminando hacia su hogar se detiene a observar unas vidrieras de ropa, pasando por Lacoste, Yves Saint lauren, Chevignon; a veces la ropa no hace al hombre. Todo a su alrededor le recuerda a esas calles de Nueva York que tan solemnemente se muestran en Manhattan, pero que nunca tuvo la fortuna de constatar, y piensa en un tiempo que no le corresponde, en un espacio que nunca será suyo, en cómo hacer para evitar la mediocridad, cómo hacer para que todas sus acciones y reflexiones tengan un poco más de sentido, para que todo trascienda mas allá de su realización personal, del goce espiritual, de esa flexibilidad moral de la que tanto habla; cómo hacer para sentirse libre y sin culpa.

Hace una semana que no sale el sol y me afecta demasiado.

Sale de ver una película sobre la “movida” sexual de Nueva York. En el colectivo mira por la ventana, como observando; entretanto una chica que estaba sentada junto a él se levanta y camina hacia la puerta, en eso mira la remera que lleva puesta, que de manera llamativa dice “New York” justo sobre sus pechos, le resulta extraño y casi se sonríe. La mujer baja y al hacerlo deja en descubierto a un chico que estaba sentado frente a él un par de metros más adelante. Tiene unos preciosos –fue la única palabra que lleno esa necesidad vacua de lenguaje- ojos verdes; él mira, mientras desde lo más microscópico de su piel se revela ese deseo tan llano tan superficial tan natural y tan reservado de acercarse y besarlo. Pero como siempre le sucede, ya sea hombre o mujer, hay algo en su interior –en ese límite virtual que existe entre la piel y los sentidos- que se lo impide, algo que estando en el cine desaparece

Yo no voy a bailar y vos no vas a cantar...

Él siempre estuvo convencido de que su existencia era innecesaria o a lo sumo inútil, pero al mismo tiempo de que se jactaba de eso, sabía que el placer hedonista era algo que sólo se conseguía en vida, por lo contradictorio, y por supuesto daba ira –como él solía repetir- de la injusticia, encerrándose cada día más en lo cerebral, se sonreía cada vez que lograba conformar un pensamiento, una idea placentera, que reforzara esa convicción de que todo está perdido y que la gente no logra percibirlo, sólo él lo percibía, aunque a veces dudara demasiado. Se sentía ciertamente superior, percatándose de que ya no existe equilibrio, opto por un camino; el de la felicidad, sin darse cuenta de que por debajo subyacía el dolor de la indiferencia, ésa que se reboza de la indiferencia de los otros. Ya decidido y después de un tiempo de futilidades necesarias logro realizar lo que fue el único acto verdadero de su vida; él era una contradicción.

martes, 29 de diciembre de 2009

El mar, con su baba y su epilepsia



Upon a summer wind there's a certain melody, takes me back to the place that I know.

Los secretos del verano. Fuera de esas huellas de arena en nuestra mente, el espacio de lo que alguna vez fue una única sensación, cálida, sobre todo cálida. Perfume de café, las paredes agrietadas, aquel viento dulce del mar; mirando directo al sol (más temprano, más tarde). Y la arena como el tiempo, que luego, siempre luego, termina por hacer querido todo lo que está ausente. La arena ausente en mis sábanas, con la idea del color, ese sublime color del contraste: tierra y mar, sol y cielo; al igual que los cabellos dorados que contrastaron la piel, ese mismo color del que están hechos los sueños. Y ahora que no nadamos cerca de los muelles, yo aún puedo oler los cafés sin siquiera haber regresado a la orilla. Sí, podemos estar en el lugar más perfecto y más mentado, porque lo mejor está en los sentidos que desean, en la imaginación de las sensaciones, de las ideas absolutas; donde queremos, donde sabemos. Es la magdalena de Proust, en tu piel, que nos transporta:

jueves, 15 de octubre de 2009

Te envío.


Rosas rojas para tí/ he comprado esta noche/ y tu sabes muy bien/ lo que quiero de tí


Massimo Ranieri, Rosas Rojas.


Así que solo deje pasar los sueños turbios dando cuenta que sólo sucedían por menester. Como dije antes, te envío esta explicación para que entiendas mí día a día y para que reveas lo vacuo de la muerte y lo innecesario del alarde que se desarrolla alrededor.

Por cierto la mañana fue muy tranquila, me desperté alrededor de esas horas donde nada concuerda y sin más que hacer partí hacia mi lugar de trabajo. No puedo decir que no es agotador, pero ciertamente es placentero, siempre los mismos gritos, ya son indudablemente una constante, podría decir que la gente habla cuando grita, tan común, una lástima que no puedan verlo.

Mientras disponía mis herramientas, y considerando lo peculiar del caso, por tratarse de un amigo en común (entenderás la razón por la que te escribo esta carta, después de tanto tiempo sin tratarnos) decidí infiltrarme en el tumulto de la ciudad, extraño, ya que la muchedumbre me produce pánico, pero por única vez me pareció pertinente hacer una excepción, y como un espía (lo cual dista mucho de ser mi trabajo, a pesar de lo que puedas pensar leyendo estas líneas) observé atento su andar, por tiempo indeterminado.

Caminando confeccioné un par de ideas flemáticas y grandilocuentes; sí, sabés que es inevitable para mí ponerme en el lugar de juez; abruptamente pensé: la masa es estúpida y temerosa, es ahí donde la muerte trasciende toda particularidad, porque la muerte no es otra cosa que una gran idea, nada más y al igual que estas palabras robadas: (del que tanto te disgustaba citar) “y ya que las ideas no son eternas como el mármol sino inmortales como una selva o un río...” la muerte se desangra en el tiempo, y como un concepto lacerado vuelve a nacer.

Recordarás nuestras charlas taciturnas después de que descifres mi labor, te sorprenderá mi accionar, si no es que ya te ha sorprendido redescubrir mi existencia, y te darás cuenta del hecho, caerás en tu incoherencia, y en la inconsistencia de los discursos más progresistas y lógicamente posmodernos. No vas a pensar más, y me juzgarás fuera de la razón que acuñábamos, porque yo, finalmente, pude llevar a la práctica a esa flexibilidad moral, la misma que apuntábamos como ideal.

Si aún conservo alguna esperanza respecto a tú temperamento, será en la fácil aceptación de la pérdida, tendrás que reconocer que nunca nos pareció respetable como persona, y que su desaparición muy en el fondo nos era indiferente, tanto así que deseábamos que alguien tomara esta iniciativa. Sin contar que, ahora lo recuerdo tan vivazmente, nos jactábamos jocosamente de ser propensos al olvido, como buenos seres soberbios y superados. En este instante del fluir de mi memoria puedo argüir que tal vez, lo que yo hago, no está tan alejado de ese anarco-individualismo del que tanto me invitabas a leer.

Me gusta trabajar en la altura, desde una posición poco visible. No, no pienses mal, no me escondo en el panóptico, no me interesa hacerlo más de lo necesario, pero es para mí importante, a diferencia de los mediocres que acrecientan la plusvalía, sentirme ligado profundamente, en la pasividad, a mí trabajo, como si tuviera que sacar a relucir esa conexión vital que tiene sobre el otro. Como si negara mí poder y lo hiciera parte de su cotidianeidad. Yo estoy solo en esa altura, como me gusta estarlo, contrastando esa mínima imagen que puedo producir de un Dios quitándoles la vida, y siendo finalmente una lluvia (¿purificadora? podrías pensar eso, por qué no) que no les afecta demasiado, una anomalía bien paga, pero que me da a mí la satisfacción absoluta, y espero que a algún ávido, yo sé que los hay todavía, le de la personificación exacta de ese esquema de redes de poder subyacentes en toda sociedad. La mixtura de la libertad y del poder, llevado al extremo, porque nunca seré juzgado empíricamente de ninguna forma, siempre estaré, en mi elevación particular, en el placer propiamente esgrimido, por fuera de cualquier jurisprudencia.

Dirás: qué sentido tiene que esto sea real, si era más fuerte nuestra interpretación, nuestra certeza imaginaria, nuestro ideal, que el hacer una mínima parte de ese planteo. A quienes les importe, me tratarán de loco, de mercenario, de inescrupuloso, y de corrupto; otros, de sádico, sociópata, de ilegal, de marginado; otros presuntos analistas (embadurnados de marxismo) me tildarán de consecuencia efectiva de un mundo defectuoso por donde se lo mire, de una sociedad normativa de toda pulsión, encauzadora, en algunos pocos casos, de atrocidades como las que yo promuevo, pero que la historia de la humanidad ha contado en demasía. Yo seré, en sus mentes, sólo por unos instantes, la violencia que brota constantemente, aquella disciplinada y aplicada. Pero saberlo no me afecta, y conocer estos planteos no me hace mejor, al contrario de lo que creés que pienso, pero no es necesario que lo explique, sencillamente no me interesan, mi interpretante es otro, por eso prefiero el anonimato.

Mis manos tienen sangre, lo sé, pero si bien fluye por dentro, ciertas veces logro ver a trasluz como corre, como bombea; es en esos momentos de delirio que me gusta pensar que les hago el favor, que les brindo la posibilidad de que les pase lo mismo que a mí.

Apunté directo a la cabeza, sin la más minima alegoría política, siendo cada uno de mis actos totalmente político. La sangre salpicó, el cuerpo retumbó, la sangre fluyó, los gritos se volvieron habla, la sangre fue comprendida, las sirenas pintaron un paisaje, la sangre escurrió por la alcantarilla, los veredictos llegaron tarde, la sangre no pudo ser retenida. Y en ese pequeño acto de satisfacción, yo me vi únicamente como un espectador, como ese hombre que debatía y confeccionaba ideas repetidas junto a un amigo, al borde de una taza de café. Finalmente yo me vi de nuevo confeccionando una idea, como me veo siempre.


Te envío este comentario, sólo te lo envío, no espero nada a cambio.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Amedeo




Amor che con l'amor.

Música amorosa y canto de amor; se siente, en aquella música, en aquel canto, algo así como un “debatirse”, un “padecerse”, en la jerga decimos “yo me muevo por ti”. Hay un no querer concluir, un modo que no se vuelve utilidad, que no necesita trabajo. Hay un momento perpetuo, el agitamiento de un espasmo. En la Italia peninsular dirían: el mar. Esta masa de ella misma en ella misma, nunca inmóvil, pero quieta en su terquedad de ser, en esos segmentos de ondas, la eterna mixtura de mar con mar. Así la palabra de amor, la rompiente del canto… y la música talvez… talvez sea la música del mar. Hablo de amor y me mezclo a mí mismo, pobre de mí, que en mar he caído y como un pez debo nadar. Debo decir ¿qué debo decir? Debo decir que debo decir: “Amor”. En primer medida debo escuchar decir que lo digo, debo volverme sonoro a mí mismo, como el crujir de las hojas, la boca y las orejas al árbol. Y todo es un simplificar, no se puede ser explicativamente simple sino amorosamente. Debo cortar los campos, como una tijera corta una sabana verde, resbalando, y debo atravesar los muros, porque estaba distraído y no me acordaba de que ahí había un muro, una reja, una puerta; debo caminar sobre el agua, debo hacerme “milagro”… resucitarme: “de muerto al amor”, hacer sangre el agua… ¿y todo esto para qué? Para poder nombrar la rosa… si cuando naciste, nació una rosa… debo decirlo sin decencia, sin crear yo aquella, Tú rosa. Porque yo no espero más, y más no creo, ni quiero.

La distracción al todo: aquí se simplifica, o por interés o por amor. Así suceden los flashes, veo cosas que no están, las veo allá, donde no hay ni siquiera un “allá”. Me como las palabras, y yo, que de eso me nutro, soy el sentido. Naturaleza que devora la naturaleza de las cosas.
Y ahora que todo recae en la música, la música… esta ausencia de ruido, esta falta, este desvanecimiento de la utilidad del sonido. Porque yo no espero más volver al modo conveniente, a la oportunidad. Pero inoportuno, yo canto… así como mi corazón se ha adherido a ti. Una cosa que no existe en la naturaleza de las cosas, pero si en la ilusión, que es burla de todo lo que ya no me apasiona, de todo lo que no es tú, la rosa.

Así como consumidor me burlo, el oportunista burlón, el electo y el elector, el perspicaz, el cauto, el mesurado, el prudente. Sí, quiero ser preciso: yo arrojo mi palabra, el canto, hasta el éxtasis, sí, de los santos frustrados, santos burgueses de la represión, atravesados por la luz, bajo los reflectores (que cada santo ambiciona al arte, del primero al séptimo), publicitarios más allá de la muerte; y lo precipito, aquel canto, a lo profundo de una huelga de mineros con linternas sobre los cascos. Sí, la palabra amorosa como un capricho, que se arquea como un adorno de luminarias paisanas tras el delirio místico y la obscenidad. Sinvergüenza e irrefrenable canto, construido en el aire, canto del amor hipérbole que se desenreda de cada verdad de estatuto, de ordenamiento, de estado. Canto que arqueándose se representa a sí mismo en pose inconveniente al nutrirse de su propio decirse.

Deglutir la palabra amor juntos, al unísono la oreja con los labios, cantar como un respiro boca a boca, uno de los dos desconcertado, sacado de una necesidad de todo, mas no de amor excesivo. Y no se está enamorado sino excesivamente, si el amor es esto: su propia extensión, y en esa amplificación, aquel canto se pierde mientras desenvuelves el aliento, que me escucha. No decir nada de lo humanamente aprovechable, nada del bien como algo fructífero, pero sí magnificar los frutos, inventarse, líneas de sí mismo en el aire; ser antes de entender quién se es.

¿Por qué te busco? Porque nunca voy a entender por qué te busco. Y tu cuerpo procesionario pasa delante de mí canción de fiestas populares. Canción que finalmente no comunica pero es, aparece como un héroe romántico tras el follaje de los matorrales revoltosos. Y es así porque así parece. Si la comunicación no es jamás la extorsión de un consenso, la estupidez (aquella tal vez sí) robada, persuasiva y halagadora, placer de una satisfacción indecente surgida en repugnantes carreras políticas. Aquí no es la fuerza del trabajo campesino, no es proyecto entorno al propio pedestal constructivo. Pensarnos y después, pero pensarnos es tergiversar; el amor, cuando es, no es pensamiento, como el pensamiento de amor nunca es el amor; aquí es únicamente la voz, su murmullo detrás de las ramas, en fuga para repararse a sí mismo, tal vez para no escapar.

Cantar de una canción que se canta, cuando escribir los versos es verdaderamente escribir los versos, vocales, con las cuerdas agonizantes. Canción que se canta porque podrá escucharse a sí misma, una canción. Amor que solo con el amor se mezcla y ama.

Y aquí se firma.


Amedeo Minghi, Cantare è d’amore

(Tradotto)

domingo, 2 de agosto de 2009

Construcción de una ciudad.


(Cordón)

Habíamos sido felices en Bs. As. sinceramente felices, en la ciudad (¿qué calles de mi recuerdo podré transgredir?) vivimos las épocas de oro, (todas juntas, todas asquerosamente juntas) fuimos Bs. As. en los barrios ricos, no fuimos en los pobres, y (como no hay nexos en la memoria) saltamos hacia los relatos que nos correspondían (sin los conceptos que nos definían) siendo espectadores de un Discepolismo trágico (el cual yo promulgué) y descartando a Manzi, rompimos las veredas.

¿Qué ves en mí? si yo no le correspondo a tus misceláneos brazos ¿Qué rescatas de mí convicción de vacuo amor? si yo te veo tan sola y tan de todos, si yo te imagino abstracta, tan fuera de este despertar diario (este mundo irreal) ¿Mas no seré yo el solitario y demente que te camina fuera de sí mismo? ¿No seré yo el que te parcializa y te canta una canción pobre? el que te lastima de vez en cuando. Trato de pensar que el perjuicio es propio, mío, pero por más que intente creerlo vos no sos igual a mí, yo no soy tan hipócrita, yo no seré jamás un recuerdo viviente, un viejo maltrecho promiscuo e infértil que se la da de moderno. Eres sólo mi sombra, esa parte de mí que comprendo tan bien, pero que han de ocultar mis semejantes. Cómo decir exactamente si tus segmentos de penumbras y violencia, esos lugares que rechazo constantemente, no son más que mis propios miedos, el convertirme en la mediocridad pura, el caer en el convencional, la media de esta muchedumbre (pero no es eso ya una actitud mediocre, no es un convencionalismo el negarte, no serán una parte irrevocable de mí esas calles oscuras, llenas de grises corroídos). No puedo concebir en palabras la ambigüedad de tu historia, ni puedo convencerme de cuál es tu forma definitiva, por lo menos en mi mente; nada sería más satisfactorio en este momento que dejar de idealizarte.


Y estas líneas serán cuestionables, ciertamente cada palabra será refutable, pero sin negar su carácter de vacías, me han ayudado a confeccionar esta gran algarabía, que desde luego para mí es innegablemente productiva, a propósito de la realización de esta inmensa transformación que intento perpetrar en tus seres -que se pierden en tu yo menos profundo- y que vagan.