jueves, 13 de marzo de 2008

Palestina 748



Ya sé que no es oportuna la ocasión, pero estoy sentado acá mirando las copas de los árboles, los balcones con gente, las calles con humo. Y lamentablemente todo me recuerda a vos, esa muda expresión de lo clásico, lo intangible, lo cercano; pero fundamentalmente lo real.





Cuadraditos, pequeños y verdes cuadraditos, viendo en partes la vida bella en sus formas más banales, como si no existieran estratos más allá de las copas de los árboles que pierden, como yo ya he perdido en días de otoño, hojas que no siempre están marchitas. Y que viendo lo rojizo que a veces puede tornarse mi panorama, mi visión, mi mente, me he acordado que nunca he visto un árbol que no esté rodeado de vida sin vida. Tanto sea esta conjunción de ladrillos o el pavimento que es divisado a lo lejos, y que sin duda han sido parte de la pecaminosa construcción humana, por lo qué, debo decirlo, me he entregado con gusto al pecado, dando cuenta que para mí morder aunque sea un poco la fruta prohibida, no resulta en la salida sino en la entrada a mi paraíso. Éste, lleno de ruidos insoportables, ventanas a gran altura y puertas sin salida.


lunes, 3 de marzo de 2008

Corte y confección




Con tus venas cargadas de noches, te hallas entre los hombres cómo un epitafio en medio de un circo.

E.M. Ciorán


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Hay sueño en el aire esta noche/ a la cual no puedo arrancarle palabras/ que despabilen a la inspiración/ quiero decir todo eso que es bello e impuro/ no soy más que el silencio interior/ no soy más que la desidia exterior/ y siempre vuelvo a mis instintos/ rancio amanecer, suicida amanecer, continuo amanecer/ “ve tú a esos distritos de tristeza”/ la ciudad se desmorona/ pánico en las calles/ sólo eso.





sábado, 23 de febrero de 2008

Lastima bandoneón


Esta que vemos. Esta ciudad que tiene un perfume tan particular, un sonido tan propio. Esta Buenos Aires de gente joven con jeans o con saco, que quiere hacer música y empieza por donde habitualmente empiezan los jóvenes: por el ritmo. Esta ciudad en la que tienen un lugar importante los roqueros, los que hacen la música que ellos llaman progresiva. Se les pasará... Llegaran al tango, con los años llegaran. Ellos apuntan a Buenos Aires, y está claro que es así cuando incorporan un bandoneón a sus formaciones. Por supuesto que ese bandoneón cumple una función casi decorativa, es casi un saxofón. Pero ellos quieren hacer música de la ciudad, y a mí, ser uno de sus ídolos es una cosa que me emociona.

A esa ciudad de la humedad y de la nostalgia esta dirigida mi música, mi tango.


A. Piazzolla
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Yo lo descubrí ahí en donde nunca está, en donde son otros los que invaden su sentir. Él era todo ese estereotipo, como me gustaba mirarlo. Perfecto, el humo que se quedaba apropósito rondando su rostro, el café negro y siempre frió, el tarareo de sus labios; y su especial debilidad por el truco de a seis.
“¡Acaso te llamaras solamente María!” una vez lo grito, no se dio cuenta y no era algo extraño pensar que estaba herido, o por lo menos así yo quería creerlo. Nunca le hablé, una vez me dijo algo así como “che pibe, tenes un tabaco” a lo que bajé la cabeza y seguí mi destino en otras mesas, no me sentía a la altura de sus gestos, era intocable esa imagen para mí, charro deseo mío de conservarlo como lo soñaba. Si hubiera sabido que sólo sería mi recuerdo gris, que él era eso que yo no podía ser, eso que yo quería retratar.
Tango deseaba, tango me daba el aire, tango que se cruzaba con The velvet underground, con U2, con Pink Floyd y con otros, por eso era difícil saber si realmente me estaba entregando al momento, porque me esforzaba, logré llorar... pero cómo saber. De vez en cuando se pedía una grappa, esos días que de verdad quería olvidar, yo suponía que era por el frió o la lluvia que todo se conjugaba en penas, Marcial del fondo ponía la música: "desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud..." y yo miraba como caía en desgracia aquel (único e irreal) cafetín, como ya eran más los turistas, más los visitantes, más que las personas de verdad. En el medio estaba yo, yo que era una especie de ente que no se desidia por un tiempo, que no sabía respetar sus espacios, que tenía miedo de pertenecer a ese ambiente que ya estaba muerto. Pero qué placer, qué placer llegar a comprenderlos aunque sea un poco, sólo aspiraba a eso, a mirarlos y a pensar que entendía la angustia fuera de toda preocupación posmoderna. Mi maldición maleva, yo sufría a través de ellos, no por ellos, sino por otras heridas, "nací a las penas, bebí mis años..." me gustaba pensar que realmente podía ser así, que alguien podía ser la perfección de la nostalgia.
Buenos Aires como lágrimas de bandoneón, el viejo con bigotes que caen de costado hacia abajo, sin fuerza, las arrugas blancas, lo poco plateado de su sien. Por mis bosquejos de esa perfección, deje de ir un par de días, vagué y pensé demasiado en el tenor de su voz, en si realmente valía la pena que le siguieran pasando los abriles ¿no sería hermoso un adiós muchachos y final? o por lo menos para mí, para poder arrancarme esa presión, esa que me delega su imagen, mi condena es no poder elegir ¿desear tal vez? lo que no me corresponde. No quise mirarlo.

Como un intento de Borges, al no poder negarse a sí mismo para poder pertenecer en ese ambiente, intente circundar esas calles, delimitar las ochavas que ya habían desaparecido, teniendo la dicha de ser el espectador de, simplemente, lo único que quedaba de la creación de esa irrealidad de otras épocas, que alguien, tal vez de mí tiempo imaginó. Ese día me acerque decidido (si la muerte tuviera algo especial a dos chicos jugando en la calle) imágenes malevas, entre cuchillos y noches, penetraban; no emitió sonido, y fue ahí cuando me acordé de "Sur": "¡si yo te quiero turra mía!" el empedrado mojado y ella yéndose.
Soltó el cigarrillo, dejó el café y cantó las cuarenta.





A mi viejo.

domingo, 17 de febrero de 2008

I guess that's why they call It the Blues.



Yo sé y estoy completamente convencido, que al caminar por estas calles, la virulencia de las acciones que se desatan en mí, me convierten en uno más de sus perfectos engranajes.


No era de esperar, ciertas veces la luz de la ciudad se escurre por mis paredes, entrando desde el balcón, pasando por la enredadera marchita y filtrándose a través de los huecos de la puerta cancel. No, no era de esperar, por eso salí a la calle con conceptos, objetivaciones, ideas. Tal vez era eso: una idea, como ninfas escondidas entre los árboles, la belleza más somnolienta. Esquemas arraigados, una visión foucaultiana de mi sentir, redes de poder, juegos, planos, eso, nada más, un residuo del andar post-industrial, una forma capitalista de emoción.
Pero cuando caminaba todo desaparecía, creo que ella (o él los géneros nunca serán substanciales) nunca supo de mis construcciones y destrucciones, de mi visión que se escapaba hacia arriba mirándola, de mi olfato que sentía su perfume en los lugares donde estuvo o no, de esa abstracción forzada a todo pensamiento superador que yo pretendía. Buenos Aires era su piel, y yo no lo deseaba así, pero en la intangibilidad el deseo se condensa. Me lo repito una y otra vez, simplemente no lo esperaba, y en la distancia, en el encuentro con lo efímero, lo superfluo, que tanta pasión espontánea acarrea, todo sale a flor de piel, el arte, mí arte termina siendo una mentira más gracias a ella, a esa idea que tapa lo vital.
Sin embargo y después del tiempo necesario para darme cuenta del placer de lo que tal vez sea una canción, un libro, una película, de lo que finalmente es ella, que otra cosa que ese romance ineludible con lo trágico, con la imposibilidad de ser uno en el encuentro con el otro.


No la esperaba, pero me encontró y no puedo evitar convivir con ella, que está ahí, entre la luz, la ciudad y mi sentir; con sus ojos, sus labios, su boca; con su belleza que ya me sabe a fábulas dulces.

lunes, 28 de enero de 2008

Las habilidades perdidas



Una vez escribí algo sobre un beso ¿lo escribí? No recuerdo ¿era una canción? ¿otra mierda más? No importa, nada me hace sentir mejor (y cuando digo mejor digo peor) que una canción de Steve Winwood a las 6 de la tarde un sábado nublado.






Me canse de pensar qué decir acerca de Steve Winwood y mi idea de que tal vez sea la representación exacta de lo único que importa en la vida. Simple, no conozco a Steve Winwood, nunca lo escuché hablar, nunca lo vi haciendo otra cosa que no sea cantar, no sé qué piensa de algo. Nada, sólo vi sus actuaciones en algún programa (cuando aún estaba en Traffic) sus videos de los 80’ (muy ochentas por cierto) su evidente fascinación por el sintetizador; y un video muy viejo, donde casi no lo reconozco, que pasó una vez Capusotto, en un festival cuando tocaba (y cantaba) en Spencer Davis Group, creo, o más viejo cuando estaba en Blind Faith. Algo similar me sucede con Bernie Taupin, no puedo dejar de sentir empatía, y no puedo no dejarme llevar por su ignominiosa transparencia, su relativización a ultranza de mi sentir más profundo; me transporta a una escena tan arraigada (llegando tal vez a despertar un latente estado burgués de tranquilidad hedonista) de tristeza pluvial. La música no será criticable (como tal, me abstengo de hacer juicios de valor, cosa que debería hacer) él no será más que mero producto norteamericano consumista (de muy buena voz) de una generación "vendida", sus letras evasivas de algún tema que se pretenda vital a simple vista. Entonces ¿qué? Dejémonos estar en ese estado de limbo que no dice nada, porque la vida no es gran cosa, a los ojos de nuestra vida; es fundamental entonces saber que si escucho a Steve Winwood voy a estar escuchando no a mi culposidad como ser que se pretende pensante sino a mi lenguaje más primal, mi necesidad de goce fuera de las pretensiones, porque ya nada vale y ya nada tiene sentido o es profundo (mucho menos lo que se pretende como tal) y no lo digo como un desganado relato de mi tiempo, sino como una forma de autodescubrimiento: ya todo me sabe a inconexo, a una falaz búsqueda de causas, y no es que estas canciones sean praxis, ni rutina, ni cotidianeidad, ni consecuencia de algún valor normativo del mundo actual. Son descripciones explícitas de lo fantasioso, de lo que no me representa (aunque todo el tiempo navegue en el arte buscando las sensaciones exactas, que llegan ilusoriamente y liberan endorfinas de placer, muchas veces a través de lágrimas) pero son, sin embargo, ideales.




domingo, 13 de enero de 2008

Va a estar bueno Ponylandia..





Me di cuenta que estando en el tumulto de lo que se oculta para estar bien, uno tiene que relajarse.


Caminábamos por una ciudad que no nos pertenecía, aunque yo fervorosamente pensaba lo contrario, ella se jactaba de su desprecio, yo sonreía pensando que no hay belleza si no hay contradicción. Ella la detestaba, un odio fundado, razonable. Igualmente no se quejaba del paseo, el humo de los autos incendiados oscurecía el cielo y el ruido de las sirenas, junto con el de las armas (que se disparaban constantemente) nos daban ese roce de entretenimiento, como si todo fuera un gran circo, nosotros sólo dos espectadores infantiles, pero sin miedo, no era nuestro tiempo ni nuestra realidad, era una transposición, circunstancias diferentes. A mí me interesaba la causa, pero sabiendo el final todo me resultaba estéril, perdía gracia, tal vez no sentido, pero eso no nos importaba, sólo queríamos divertirnos.

Ella directamente miraba todo desde el panóptico, sobria, indiferente, y con un casi natural sarcasmo, "La vie en rose" reía de costado. Yo caminaba apurado, tenía la necesidad vacua de ver la torre Eiffel al lado del obelisco; oportunidad única -repetía-, mientras observaba su aburrimiento y la falta de interés, ella quería volver al sur, Cannes o tal vez Avellaneda.

"El espíritu de los tiempos no correspondidos" que tanta añoranza y melancolía me habían producido alguna vez, se diluían en los deseos de ver el paisaje y de recorrer ese tumulto, me sentía un turista, era mi ciudad, distinta y amalgamada (los empedrados, las calles, la policía, los bastones, lo bohemio, lo burgués, lo propiamente urbano) para ella era lo mismo de siempre, y el revuelo era un signo perdido, de niños mimados, de burguesía al revés, de intenciones no realizadas; se estaba cansando no quería caminar más, yo en cambio quería seguir explorando, para mi era sorprendente e irremediablemente bello, más aun en el libido de la lucha (entendía como lo divertido dejaba de serlo).

No quise perderme las palabras de Foucault, Sartre, Ricoeur y los otros, ni las notas de Piazzolla que seguramente hubieran sonado tan bellas estando debajo del arco del triunfo, ni la elegancia despreciada por el anarquismo; pero tal vez ella tenía razón, lo ganado ya era una imposición, lo demás era simplemente triste y contradictorio (ella odiaba esa palabra) era mejor irnos a llorar que quedarnos observando.

Llegamos a casa y como decía Borges "la noche se ha quedado en los ojos de los ciegos", por la ventana todavía se escuchaba a algún pendejo cantando la Marsellesa o alguna otra de Los Redondos

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